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Libros en la Nueva Granada: entrevista a Alfonso Rubio

Han transcurrido algunos meses desde la publicación de Libros en el Nuevo Reino de Granada. Funciones, prácticas y representaciones, del historiador y profesor de la Universidad del Valle Alfonso Rubio. Esta publicación, un esfuerzo de los programas editoriales de la Universidad del Valle de Cali y de la EAFIT de Medellín, fue presentada a finales del año pasado en la célebre Feria del Libro de Frankfurt, considerada la mayor plataforma editorial del mundo. Libros en el Nuevo Reino de Granada: funciones, prácticas y representaciones fue uno de los diez títulos que la ASEUC (Asociación de Editoriales Universitarias de Colombia) llevó en representación de la literatura universitaria nacional. A continuación, Alfonso Rubio responde una serie de inquietudes suscitadas a partir de la lectura integral del libro. Esperamos que estas respuestas inspiren la lectura y la consulta por parte de todas aquellas personas interesadas en la historia del libro.

César Eslava: A finales del año pasado Libros en el Nuevo Reino de Granada fue escogido como uno de los diez libros que la Asociación de Editoriales Universitarias de Colombia (ASEUC) llevó en representación del país a la Feria del Libro de Frankfurt. En su criterio, ¿por qué cree que el libro tuvo ese reconocimiento?

Alfonso Rubio: Sí, la noticia me alegró, la Feria de Frankfurt es una inmejorable plataforma comercial donde, además del público en general, acuden editores, libreros, distribuidores, impresores, traductores; en fin, toda la gama de intermediarios del mundo editorial. En convenio, la Universidad del Valle y la Editorial de la Universidad EAFIT, de Medellín, se encargaron de publicar el libro y EAFIT postuló el libro a la ASEUC para exponerlo en Frankfurt. Supongo que al ser un libro que trata de libros, el propósito de exhibirse en una feria de libros es ideal. Pero, bueno, en Europa es frecuente la producción de este tipo de estudios dedicados a la “historia del libro” y no sé, realmente, si produjo algún tipo de interés entre los visitantes. De momento, creo que sí es bueno que se haya dado a conocer por dos universidades distintas de Colombia y el interés prioritario está aquí, en lo que pueda ser útil para la historia colombiana. Tal vez por ello, no sé, por ser todavía escasos este tipo de estudios aquí, se quiso reconocer el libro.

 

Portada del libro: Terra firma cum Novo Regno Granatense et Popayan (Sala patrimonial Biblioteca EAFIT)

 C.E: Cuéntenos un poco acerca de la concepción del libro.

A.R: La verdad es que la formación del libro parte del consejo de otros profesores universitarios. A algunos de mis trabajos que se habían dado a conocer en forma de ensayo, le añadí otros inéditos con los que contaba y elaboré unos nuevos. El contenido de los ya conocidos y el de los inéditos se reforzó y, finalmente, se pudo dar un orden lógico a la estructura del libro. Comienza hablando del control inquisitorial y de los agentes y las prácticas que estos llevaban a cabo durante la etapa colonial para comerciar con los libros que llegaban desde España al Nuevo Reino de Granada, y acaba hablando de la biblioteca “ilustrada” de Juan José Delhuyar. Entre estos asuntos, se suceden otros que tratan las bibliotecas de los colegios jesuitas, de los grandes hacendados en el tránsito del siglo XVIII al XIX, de los tratados de práctica notarial, de la Recopilación de leyes de los reinos de Indias y de los manuales de tipografía que pudieron servir a los impresores o cajistas que iniciaron el arte de la imprenta en el Nuevo Reino.

C.E: ¿Cuál es el estado de la investigación sobre la historia de la cultura escrita en Colombia?

A.R: Bueno, pienso que primero hay que hacer alguna precisión o aclaración. Creo que es más conveniente, en términos disciplinares, el uso del término de “historia de la cultura escrita” o “historia social de la cultura escrita”, como estás diciendo, como un espacio común donde poder acoger con él a una terminología difusa donde cabe la llamada “cultura impresa” o “cultura tipográfica”; y donde pueden converger la historia del libro, de la lectura y de la edición. Si es necesario adscribir a algún tipo de historia específica este libro del que hablamos, podríamos estar más cerca de la historia del libro. Si bien ya la historiografía colombiana contaba con trabajos que analizan el impacto de la imprenta y los impresos en la sociedad neogranadina, este era analizado exclusivamente por la historia de la educación o por la historia política e intelectual. En este sentido, contamos con buenos trabajos de reconocidos historiadores colombianos. Pero creo que las investigaciones que recurren a metodologías y concepciones centradas en la historia de la cultura escrita como tal, no son todavía muy recurrentes. Tal vez todavía nos estemos moviendo por un terreno de imprecisiones epistemológicas, pero no sé muy bien si son necesarias o tienen cabida las precisiones en este tipo de estudios que suelen recurrir a cuantas orientaciones y conexiones disciplinares puedan ser útiles para abordar la compleja realidad de la cultura. Tal vez, como digo en el libro, sea imposible reconstruir en su totalidad y en su verdad los significados de la circulación, la posesión y la apropiación del libro. Pero bueno, siempre es posible moverse en el terreno de pesquisas detectivescas y desenvolvernos en el plano de las abstracciones y las representaciones para dar cuenta, pongamos por caso, de cambios mentales o de la formación de nuevos órdenes.

C.E: Con relación al contenido del libro, me llamó mucho la atención la afirmación según la cual el control inquisitorial del material bibliográfico que llegaba a las Américas no era tan estricto como uno se podría imaginar. ¿Qué tanto sabemos de estas redes de comercio informal de libros? ¿Es posible saber más?

A.R: Claro, a pesar de las disposiciones legislativas, de los índices inquisitoriales y de la aparente rigurosidad con que se formalizaban los registros de embarque en los puertos españoles y la mercancía se revisaba en los puestos de llegada indianos, los controles siempre fueron laxos. Pensemos que estamos hablando del mundo comercial y al mercado siempre hay que satisfacerlo. Impresores, libreros y comerciantes, en connivencia con las autoridades reales y eclesiásticas siempre recurrieron a determinadas estrategias de camuflaje y permisividad en los controles aduaneros. Todavía este asunto de los controles inquisitoriales y la llegada de libros específicamente al Nuevo Reino, no se ha estudiado. Aquí tenemos un terreno todavía inexplorado, más si pensamos, como dices, en redes de comercio informales que, de todas formas, no han sido muy estudiadas en general. Creo recordar un pequeño texto de Pedro Rueda que se dedica al contrabando de libros en la Carrera de Indias y habla de él, precisamente, como una “faceta poco conocida”.

C.E: Otra cuestión que me inquieta acerca de este comercio de libros, ya sea legal o ilegal, es lo relacionado con el embalaje de los mismos desde Europa. Teniendo en cuenta las peculiares condiciones del transporte de la época (largas travesías oceánicas y terrestres) y las características propias de los libros, ¿cómo era el embalaje de los mismos? ¿Tenemos noción del estado en que finalmente llegaban los libros a sus diferentes destinos?

A.R: Sí, los libros se transportaban en “cajones” de madera. El cajón, la caja o el baúl era el medio habitual donde se trasladaban todo tipo de objetos. Según algunos estudios, el promedio de los embarques de un solo comerciante fue de tres a ocho. El número de ejemplares por caja variaba según el tamaño de los volúmenes y oscilaba entre veinte y cien. Indudablemente no era un viaje cómodo y, además de testimoniarse la pérdida de mercancía por los naufragios o la piratería, también hay testimonios de libros o documentos legislativos que llegaban “mojados” o “humedecidos”. El problema también lo hemos podido documentar en las bodegas mercantiles de Cartagena, donde normalmente se almacenaba la mercancía que se repartía luego para los principales centros urbanos del Nuevo Reino. Antes de que los libros se repartiesen, estos se almacenaban en estas bodegas portuarias y en ellas hemos podido saber que mucho “papel sellado”, por ejemplo, se hizo inservible porque la humedad lo había, como dice la documentación, “podrido”; o casos como el de encontrar ejemplares de la Recopilación de leyes de los reinos de Indias comidos por el comején.

 

Vista de la ciudad de Sevilla. Finales del siglo XVI. Óleo sobre lienzo, 146 x 295 cm. Cuadro atribuido a Alonso Sánchez Coello (c.1531-1588).
Fuente: Museo Nacional del Prado, disponible en: https://bit.ly/3PjOr3M

 

C.E: Si bien en el libro se afirma que aparte de las autoridades eclesiásticas y virreinales también los comerciantes incluían libros como parte de los productos proclives a comerciar, desde cuándo podemos hablar, al menos, para el caso de Colombia, de la aparición de libreros, es decir, personas dedicadas solamente a su importación o distribución.

A.R: Creo que en Colombia no se puede hablar de libreros, desde una concepción similar a la actual, sino hasta después de la Constitución de Cúcuta de 1821, cuando se promulga la Ley de libertad de imprenta. La legislación en materia de libertades de imprenta fue abriendo expectativas al negocio editorial y al mismo tiempo los mercados iban posibilitando la importación de libros; fue importante la llegada de material educativo desde países como España, Francia e Inglaterra. Pero tal vez, la aparición de la primera librería propiamente del país no fue sino la que abrió en 1851, en Bogotá, el francés Juan Simonnot, renovando el mercado internacional del libro; un año el de 1851 en el que se promulgó la Ley absoluta de imprenta, beneficiando la expansión de lo impreso. Pero comerciantes de libros hubo desde los primeros asentamientos estables en Indias. En el libro hablo de Andrés de Medina, a quien lo encontramos a fines del XVI dedicado al comercio de libros en Cartagena. Y creo que es de mitad del mismo siglo el caso del dominico Juan del Valle, primer obispo de la Diócesis de Popayán, a quien lo vemos solicitar permiso para viajar a esta ciudad con un “librero” de quien no da el nombre y llevaba, se dice, “dos balas de libros”.

C.E: ¿Esta “Ley de libertad absoluta de impresión” qué tanto permitió? Es clara su relación con la aparición de los primeros periódicos, pero hablando de la impresión de libros, ¿cuáles eran los criterios de los impresores para proceder a la “impresión” de un libro? ¿Había algo de apuesta en esas decisiones?

A.R: Bueno, como acabo de decir, la Ley absoluta de imprenta es de 1851. Si la ley anterior, la de 1821, ya había multiplicado el número de imprentas, impresores e impresos, fundamentalmente periódicos; la de 1851, por la cual se consignaba la libre expresión del pensamiento y no se ponía límites a la imprenta, abrió sin restricciones de opinión las posibilidades del mercado editorial propio. Podemos decir que, conseguida la independencia de España, las repúblicas americanas, en general, dieron comienzo a la importación y edición propia de, sobre todo, manuales educativos y manuales para la formación profesional, pero nunca faltó en la segunda mitad del siglo XIX la edición de literatura clásica y religiosa.

C.E: ¿Qué se quiere decir cuando hablamos de la vida social del libro?

A.R: Quiero decir que el libro es un objeto cultural y, al mismo tiempo, comercial. En la producción del libro y en su mercantilización, intervienen impresores, editores, agentes comerciales, el crédito, las transacciones bancarias; en fin, desde que se diseña un libro hasta que es apropiado por el lector, en unos concretos contextos sociales, culturales y económicos, interviene una gran variedad de oficios, pero, sobre todo, una gran variedad de lectores. En la sociedad colonial, por otro lado, el libro se vio rodeado de códigos significativos que podemos poner en relación con los artículos de prestigio, donde también se encuentran la ropa, el mobiliario de lujo o la joyería. La biografía del libro en toda su duración siempre estará marcada por su producción y su uso que, necesariamente, hay que enmarcar en lo que podemos llamar “vida social”.

C.E: Cuando describe las concepciones de lectura de los jesuitas no puedo dejar de pensar en metodologías clásicas de lectura, por ejemplo, la de Mortimer Adler. ¿Hay alguna relación allí? ¿Qué tanto han variado las metodologías de lectura, especialmente en lo referente a textos científicos y académicos, en los últimos años?

A.R: Te refieres, claro, al texto de Mortimer y Charles van Doren, Cómo leer un libro, que es una guía para mejorar la lectura. No lo conozco, no está dentro de mis intereses el enfoque pedagógico o las orientaciones acerca del desarrollo mental con la lectura. Creo que el texto ofrece diversas maneras de enfocar la lectura como aprendizaje, presenta distintos niveles de lectura y da pautas de cómo leer distintos tipos de literatura: histórica, científica, filosófica, etc. Claro que hay relación entre la escolástica universitaria o la concepción pedagógica de los jesuitas, para quienes la lectura estaba determinada por tres niveles (exégesis, análisis y contexto doctrinal), y los objetivos que marca la guía de Mortimer, pero si hablo de las lecturas explicadas y comentadas en la formación jesuítica en el capítulo dedicado a las librerías de la Compañía de Jesús, que formaban parte de sus programas escolares, es porque sí quería contrastar la práctica de la lectura colectiva con la lectura íntima, individual y en silencio, que va transformando el trabajo intelectual. Se trataba de describir distintas prácticas lectoras en un determinado contexto histórico y dentro del decorado funcional de las bibliotecas de los colegios jesuitas.

C.E: ¿La idea del libro como un artículo de prestigio guarda alguna relación con la indagación de sobre la conformación de las bibliotecas personales de los hacendados? ¿Aparte de los funcionarios qué tan complicado es pensar en la existencia de bibliotecas personales en las incipientes ciudades de la época?

A.R: Sí, lo que intento mostrar con las bibliotecas de los grandes hacendados en el paso del siglo XVIII al XIX es, por un lado, que además de procesos de cambio en la historia, también hay continuidades y estas las ejemplifico con el “libro religioso”, que representaba un vehículo de europeización y significaba determinados valores ideológicos que tenían que ver con una visión teológica y jerárquica del mundo y con la formación de una mentalidad burguesa de ética comercial que adoptaba convenciones aristocráticas. Por otro lado, el principio de ostentación estaba representado también con la presencia del libro en las bibliotecas de los hacendados. El principio del gasto ostensible en relación con los índices convencionales de reputación. Los nuevos ricos querían ser reconocidos como nuevos señores mediante su distinción. En el libro se analizan las bibliotecas personales de algunos escribanos del siglo XVIII, de los grandes hacendados y la biblioteca personal de un científico ilustrado, Juan José Delhuyar. Funcionarios, religiosos, letrados, nobles, adinerados, científicos; normalmente la posible formación de bibliotecas personales estaba limitada a esos sectores, capacitados económicamente y capacitados también para leer y escribir.

C.E: El capítulo 6, “La Recopilación de leyes de los reynos de las Indias”, es por extensión y tratamiento algo diferente de los otros. Si me permite, diría que histórica y conceptualmente abarca más, incluso, de una u otra forma, nos introduce a la cuestión mayor de la relación entre ley y escritura. Es claro que esta relación entre la necesidad de legislar, a distancia, desde la solidez del texto escrito y las particulares condiciones de alfabetización, medios de transporte y comunicación, y tensiones propias de las sociedades coloniales, debió manifestarse en complicadas realidades. Una de las complejidades que se me ocurre es la practicidad cotidiana de esta recopilación (bien a través de su versión en 3 ó 4 tomos) en la función pública. ¿Las leyes eran tan permanentes? ¿Qué pasaba en el caso de derogación o modificación de alguna? (o lo que usted crea importante mencionar acerca de este capítulo).

A.R: Ante el nivel de dispersión de los dispositivos legales (normalmente, reales provisiones, reales cédulas o reales órdenes), lo que se intenta con la Recopilación de 1680, es agrupar la legislación real más relevante que llega a las distintas jurisdicciones indianas. Las leyes podían repetirse o sobrecartarse y para formar el libro o los tomos de la Recopilación hay un trabajo previo archivístico de localización y criba documental. Se publicó ya a fines del siglo XVII, pero permaneció con vigencia hasta que duró el dominio español. Los cabildos coloniales debían custodiar en su archivo o “arca triclave” este código legislativo y ello daba lugar a representaciones de poder. Antes de dar cuenta de cómo se elaboró esta Recopilación y de su necesidad de publicación y distribución en las colonias españolas, lo que se analiza en este capítulo sexto es la ley que en la Edad Media deviene en forma de escritura y el significado del derecho escrito en la Edad Moderna.

C.E: Me parece muy interesante su afirmación acerca de cómo el paso del manuscrito a la letra impresa desplazó el valor de la escritura hacia la lectura. ¿Podría explicarnos esa idea y si puede tener algún símil con la lectura en pantalla, propia de nuestra época?

A.R: Sí, es cierto que no podemos poner en relación directa la imprenta con los niveles de lectura, pero los tipos móviles dan inicio al desplazamiento del valor de la escritura, que antes de la imprenta era manuscrita, hacia la lectura. Con la tipografía, además, se diversifica y se extiende una mayor variedad de impresos de alcance social cada vez mayor en sus temáticas. Pensemos que los textos escritos se construyen normalmente con pequeños caracteres alfabéticos entrelazados, ordenados de izquierda a derecha y un sinnúmero de veces repetidos que van formando líneas que se despliegan de arriba abajo sobre una hoja de papel en blanco. Con la desaparición del manuscrito en las obligaciones institucionales o en los circuitos comerciales, ya no tenemos que esforzarnos por leer una letra cortesana, humanística o procesal, hecha, además, por una infinidad de distintos escribanos. La entalladura y el grabado posibilitaron las artes de escribir y fueron normalizando formas convirtiendo en “tipo” (modelo ideal) la escritura manual. La letra manuscrita deja de ser un gesto, un “ductus” personal para pasar a convertirse en un tipo que facilitará la lectura. Creo que la lectura en nuestros sistemas virtuales actuales, como dices, alarga y potencia este desplazamiento del que hablamos, que no tiene por qué aislarse de los soportes tradicionales. El asunto es, cualquiera sea el soporte de la escritura, leer, y para ello, tal vez sea necesaria cierta voluntad y cierta disciplina con las que se puede adquirir cierto gusto o cierto placer por el mundo vivo de los libros.

C.E: Por último, ¿qué posibilidades reales tenemos en Colombia de avanzar en investigaciones como la que usted presenta en Libros en el Nuevo Reino de Granada?

A.R: El paisaje de los estudios históricos colombianos dedicados a la cultura escrita es minúsculo y plural y pienso que todavía carece de orientaciones conceptuales y metodológicas claras, pero, sobre todo, carece de trabajo, es decir, de investigaciones rigurosas que, además, intenten de alguna manera llegar a ofrecer resultados no locales o parciales. En su introducción, el libro, dando a conocer la existencia de múltiples y variadas fuentes documentales, intenta abrir un sinfín de posibilidades para avanzar en este tipo de estudios que deben, claro está, centrarse en distintos periodos históricos. Este que se ofrece puede ser un inicio para ir perfilando y asentando líneas de trabajo. Ojalá que se anime con él a escarbar en esta disciplina que requiere de métodos que todavía no han sido puestos en práctica sistemática. Pero antes de detenerse en ellos, como se dice en el libro, se necesita información. Se necesita desenterrar bibliotecas y archivos.

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Alfonso Rubio es profesor titular del Departamento de Historia de la Universidad del Valle. Es miembro del grupo Nación-Cultura-Memoria. Dedica sus investigaciones, principalmente, a la historia de la cultura escrita. Entre sus últimas publicaciones se destacan Memoria de un romance. La muerte a cuchillo (Madrid: C.S.I.C.,2018); El archivo: símbolo y orden de la escritura fundacional. Villa de Medellín, Nuevo Reino de Granada (Medellín: Universidad de Antioquia, 2022), y Diversidad y utilidad de la escritura (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 2022).