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El crimen occidental: una nota y un recuerdo después de un año

Alfonso Rubio

Profesor del Departamento de Historia

Facultad de Humanidades-  Universidad del Valle 

Viviane Dreyfus más conocida como Viviane Forrester (París, 29 de septiembre de 1925 – 30 de abril de 2013) fue una escritora, ensayista, novelista y crítica literaria francesa. (Fotografía tomada de https://www.enpositivo.com/2013/05/06/forrester-y-el-capitalismo/).

 

Hoy, siete de octubre de 2024, hace justamente un año que comenzó la guerra en curso que mantiene enfrentados a Israel y Gaza. Mientras los israelíes celebraban la fiesta de Simjat Torá y los judíos que viven fueran de Israel festejaban el último día de la fiesta de Sucot, grupos armados palestinos, principalmente de Hamás y de la Yihad Islámica Palestina, lanzaron un ataque aéreo y terrestre denominado Operación Inundación de Al-Agsa que tomó por sorpresa a Israel al día siguiente del cincuenta aniversario de la guerra de Yom Kipur. Israel respondió inmediatamente con la Operación Espadas de Hierro por medio de bombardeo y una posterior invasión a la Franja de Gaza.  

Secuestros, torturas y más de mil cuatrocientas muertes por parte de los militantes de Hamás, hicieron que el Gobierno israelí presidido por Benjamin Netanyahu declarara el estado de guerra por primera vez desde 1973. Desde entonces, los bombardeos y las invasiones que Israel ha ejecutado sobre la Franja de Gaza y ahora, con la escalada del conflicto sobre el sur del Líbano, han provocado más de cuarenta y dos mil muertes.  

Pero es en la propia Israel donde actualmente se escucha y puede sostenerse un discurso crítico, en particular por los llamados Nuevos Historiadores; un discurso opuesto a los mitos fundadores judíos, a la política, al espíritu y hasta a las ideologías de los dirigentes. Es el caso de Ilán Pappé (Haifa, Israel, 1954), un profesor de historia en la Universidad de Exeter (Reino Unido); codirector del Centro Exeter de Estudios Etno-Políticos y activista político. Autor de obras como Una historia de la Palestina moderna: una tierra, dos pueblos (2003), El Oriente Medio moderno (2005) o La limpieza étnica de Palestina (2006).  

Junto a Benny Morris, Tom Segev, o Idit Zertal, Ilán Pappé  como decimos, es uno de esos “nuevos historiadores” israelíes que han tratado de revisar la historia moderna del Estado de Israel, criticando el sionismo y adjetivando la acción, condenable, de Hamás del siete de octubre de 2023 como de un “grito” que quiere amplificarse ante la falta de soluciones a la situación colonial de su territorio. Todos estos autores aparecen en el ensayo de la escritora judía Viviane Forrester (París, 1925-2013), titulado El crimen occidental (2004) y es precisamente de este ensayo del que queremos dar cuenta, resumiendo, prácticamente con sus propias palabras, la esencia de lo que fue el proyecto sionista, un proyecto colonialista por el que se creó el Estado de Israel, como también viene a decirnos Pappé, respaldado por las potencias occidentales, que tuvo su origen a fines del siglo XIX y todavía continúa en el siglo XXI.

Protestas pro-palestinas en Barcelona (Fotografía tomada de https://www.elperiodico.com/es/fotos/barcelona/multitudinaria-manifestacion-barcelona-exige-detener-108983886)

Un ensayo el de Forrester que creemos ayuda a esclarecer y entender los orígenes imperialistas y coloniales de los que hay que hablar para poder comenzar a discutir, ahora más que nunca, del conflicto que no cesa y sigue, desde hace un largo tiempo, enfrentando a Israel y Palestina y acrecentando su magnitud bélica de exterminio.  

Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos países siguieron prefiriendo los recursos fáciles del racismo, de las jerarquías, de su altivez; todos en el origen del deseo de poder, del reconocimiento de señas de identidad, de obsesiones todavía imperialistas que alimentaban instintos de dominación y rencores antisemitas y otro tipo de agresividades fueron evitadas y reprimidas después de la Guerra. Sin embargo, el fenómeno (cercano al racismo institucional) no había desparecido y entre sus defensores se encontraban, incluso, judíos. Buena conciencia occidental, el convencimiento de detentar la única verdad amparada por las leyes, la sumisión indígena y la falsa caridad, se encontraban detrás de esa llamada “misión civilizadora” que se consideraba ejemplar.  

La derogación del nazismo significó la del racismo clásico. En este contexto, en esos tiempos coloniales, a las Naciones Unidas les pareció natural pensar que una tierra en la que vivían los árabes, a quienes se consideraba subalternos, estaba disponible. El asunto era simple para las naciones dominantes: conceder tierras pobladas de menospreciados a otros menospreciados. No importaba si aparecían las peleas, las grandes naciones ya actuarían como mediadoras. Israel jugaría con ventaja, pues formaba parte (aunque al margen) del club occidental al que serviría de antena en la zona.  

Así, para las naciones dirigentes, en 1948, parecía lógico disponer de tierras ocupadas por una población a la que se le consideraba colonizable por naturaleza y adjudicarse sin más  el derecho a distribuirlas, a asignar una parte de esas tierras árabes a la voluntad sionista, es decir, a los europeos judíos que se habían sacrificado por Europa y estaban decididos, bajo el mandato británico, a hacer de Palestina, definida como su patria ancestral, un refugio y su propio Estado: “Haremos de Palestina –anunciaron- un país tan judío como Inglaterra es inglesa”[1].  

Este reconocimiento del Estado de Israel por parte de las Naciones Unidas intentaba demostrar que Occidente había aprendido de la Guerra y llevaba a cabo un acto de arrepentimiento para liberar su conciencia y, a la vez, liberar sus territorios de inmigrados indeseables y de un desafortunado asunto. Con este reconocimiento se intentaba decir también que se estaban haciendo esfuerzos para querer a los judíos, pero en otra parte: en Palestina.  

El Estado de Israel tendría la misión de convertirse en refugio de los judíos, pero los judíos sobrevivientes de los campos de concentración fueron mal acogidos en la nueva nación que, en principio, era suya. Se vieron violentamente despreciados a causa, justamente, por los sionistas israelíes. Para el sionismo, Israel tenía vocación no de refugio, sino de “patria recuperada”, reivindicada inmemorialmente.  

La existencia de Eretz Israel (la tierra de Israel) garantizaba ante los sionistas que se había acabado con judíos víctimas pasivos y sufrientes. A estos tópicos ellos contraponían una imagen de orgullo: de una guardia laboriosa, intransigente, agresiva y hasta belicosa, que reprochaba, primero, a los sobrevivientes y, luego, a los exterminados, el no haber combatido con las armas a sus torturadores; un reproche basado en un error político y una falta de comprensión y entendimiento; y que se proponía acabar con la historia funesta de los judíos en Europa.  

Muchos sionistas dieron prioridad a la creación del Estado de Israel respecto del salvamento de los europeos judíos. Los que escaparon de los campos fueron tratados como “material humano” inadecuado y se les designó como “el resto”, incluso como “desechos”. Con los nazis en el poder, Ben Gurión (líder sionista que proclamó el Estado de Israel en 1948 y fue presidente de 1948 a 1953; y de 1955 a 1963) esperaba el fortalecimiento del sionismo y la llegada en masa de inmigrados procedentes de Alemania, pero esta no se dio y se vio, además, frustrada por el genocidio nazi.  

Con el Estado de Israel de 1948 el sionismo pretendía olvidar el sometimiento a la autoridad del mandato británico en Palestina, vigente desde 1922; y olvidar la amenaza de exterminio de todos los europeos judíos que se había desencadenado en 1939. La inquietud y el rechazo árabes crecían y se manifestaron desde fines del siglo XIX contra el establecimiento estratégico de un número creciente de inmigrados judíos y de tierras compradas, ocupadas por los árabes para hacer de Palestina, como se dijo, “un país tan judío como Inglaterra es inglesa”. Los países árabes corrían el riesgo de alzarse en plena guerra contra nuevas inmigraciones masivas.

[1] En sus inicios, el sionismo surge como un movimiento laico dentro del pueblo judío, como consecuencia de la influencia de los judíos en Europa a todo lo que tiene que ver con la modernidad y sus valores. Los judíos ultraortodoxos rechazan la modernidad y, en consecuencia, rechazan el sionismo, pero hoy en día, con seguridad, la mayoría de los ultraortodoxos aceptan la existencia del Estado de Israel y no se oponen al sionismo. A ese sionismo laico se irían incorporando judíos religiosos y así surgiría el sionismo religioso.

"Ben Gurion lee la declaración de Independencia de Isarel, a las 4 de la tarde del 14 de mayo de 1948, en el Museo de Tel Aviv bajo el retrato de Herzl, el fundador del sionismo" (Texto y fotografía tomada de https://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2014/07/24/53d0bedbe2704eb4108b457a.html)

Durante cinco años (los de la guerra y el genocidio), frente a la expansión nazi, los sionistas de Palestina siguieron subordinados a la potencia inglesa. Así, Palestina no podría desempeñar un papel salvador, sería para los judíos europeos un país cerrado como los demás. Todas las naciones rechazaban a ese “resto” de los sobrevivientes al final de la guerra e incluso en Israel su acogida (obligatoria) era una de las más reticentes y hasta hostil. No era posible así defenderse para demostrar la legitimidad de su supervivencia y de sus derechos, se les negaba una supuesta “solidaridad democrática”. Los sionistas trataban de borrar el genocidio nazi mediante la dignidad que les confería el combate y las victorias triunfales sobre los árabes. Poseer, en defensa propia, el conocimiento del “dolor judío”, haber enfrentado la destrucción integral concede cierta clase de dignidad, una forma de saber que merece respeto.  

El sionismo nace a fines del siglo XIX y, fuera de sus reivindicaciones de orden sagrado, reclama para los judíos, primero una tierra, un “Hogar”; y, luego, un Estado en una Palestina habilitada por otros desde hacía mil quinientos años. Se apoyaba en la lógica colonial del contexto ideológico de entonces, que autorizaba y estimulaba a las grandes potencias a disponer de tierras extranjeras consideradas exóticas y hasta de sus propios habitantes.  

Resignado inicialmente a que el antisemitismo (al que nunca combatió políticamente) era un hecho adquirido para siempre, un hecho que llegó, según él mismo, a comprender y hasta “excluirlo en el plano histórico”, el húngaro Theodor Herzl (1860-1904) no fue el iniciador del sionismo, pero sí fue el fundador de un sionismo oficial, activo y estructurado, que se reconoció internacionalmente, sobre todo a partir de su ensayo titulado El Estado judío (1896), que determinó la expansión del sionismo, y del éxito del primer Congreso Mundial Sionista, que organizó en agosto de 1897, valiéndose de sus numerosos partidarios de los círculos más sofisticados de Viena y París y estableciendo, entre otras cosas, una banca, una prensa y un Fondo Nacional Judío financiado mediante una suscripción popular. Herzl luchaba a partir del antisemitismo y no contra él.  

Era natural que las poblaciones judías de Europa Oriental quisieran huir del horror de los pogromos, de las hostilidades permanentes que suponía el rechazo, del confinamiento en los guetos y de la miseria y el hambre que las llevaba a la mendicidad. La urgencia por salir de esta situación no concordaba con los ritmos, a menudo perezosos, de la política, con la lentitud de la historia. Viviane Forrester se pregunta si la mayoría de estos judíos no habría preferido seguir viviendo en las tierras europeas donde ya estaban ligados por generaciones, si la situación pasaba forzosamente por el sionismo.  

Durante siglos se repetía la promesa de “encontrarse al año siguiente en Jerusalén”, pero no por ello los emigrantes que la habían pronunciado (si podían elegir), dejaban de poner rumbo en masa en dirección a Estados Unidos y, en menor medida, a los países de Europa Occidental y, en contadas ocasiones, a Palestina. Como sucede actualmente, Estados Unidos es el destino preferido de los judíos que abandonan Israel. El problema de los sionistas fue la gran carencia de emigrantes por un “retorno” a las tierras bíblicas, incluso en tiempos de los comienzos del nazismo. El deseo de Israel se alineaba más con lo sagrado y lo folclórico que con la realidad. No obstante, no hay que dejar de tener en cuenta la intensidad del deseo y sus expectativas, ese fervor que los llevó a sostener durante décadas y a hacer realidad la utopía de Theodor Herzl.  

Por otro lado, podía considerarse una colonia extraña, sin metrópoli, sin país originario al que los colonizadores podrían regresar, sin que estos buscaran riquezas y expansión, sin que fueran potencia, sino un conjunto de occidentales pobres, aunque financiados. Pero a los ojos de las potencias, los mismos colonizadores judíos, tratados por ellas y en ellas como parias, se convertían, una vez alejados, en occidentales, blancos superiores a los indígenas y, por esta misma razón, pasaban a poseer derechos naturales sobre ellos.  

El proyecto sionista de Herzl se sustentaba en una filosofía y unos usos colonialistas; una ideología, en definitiva, que entonces parecía imperecedera. Representaba una adhesión al sistema colonial que inducía al hábito de un racismo generalizado, ligado a las costumbres y mentalidades. No obstante, la concreción del proyecto sionista adquirió inmediatamente un carácter anacrónico que entonces no resultaba perceptible, pero que trajo consigo la soberanía creciente que iban a conseguir los países colonizados por las potencias occidentales.  

La independencia de la India el 15 de agosto de 1947 iniciaba el ocaso de la era colonial. Sin ya intereses en la ruta que llevaba a las Indias, Gran Bretaña aceptó la pérdida de su mandato sobre Palestina y el 14 de mayo de 1948 se proclamó el Estado de Israel. Para los árabes de Palestina se acentuaba la paradoja de su nueva situación de carácter intensamente colonial. Sin contar con su opinión ni con su consentimiento, y en virtud de las decisiones tomadas por las potencias occidentales, buena parte de sus territorios, de su patria, pasaba a ser lugar nacional, la patria, el Estado de otra población muy minoritaria que había llegado ahí en razón de un proyecto centrado a la vez en la Biblia y en el rechazo que llegó hasta el genocidio de los judíos.  

Síndrome de una exclusión histórica que le ha negado el derecho a pesar de sus atributos nacionales como los de ser una gran potencia militar, pero también gracias a la continua resistencia palestina, a Israel (un Estado tan pequeño e implantado en una región hostil) parece faltarle todavía la certidumbre, el fundamento esencial de ser un país homologado, como si siempre percibiera y permaneciera el judío incriminado de la historia. Víctima de un Europa que hoy se confunde con un Oriente Próximo, es el propio mundo occidental quien lo reconoce como un país de pleno derecho y le confiere el estatus de potencia oficial, de ahí (desde su propia historia y este reconocimiento) que las críticas políticas a Israel se confundan con antisemitismo, cuando su gobierno, en realidad, no representa a los “judíos”, sino a los ciudadanos israelíes judíos y árabes del Estado de Israel, no de ningún otro.  

Este, en fin, es el origen del ánimo con que fue creado el Estado de Israel, un origen que debe ser discutido y, ahora más que nunca, tomado en cuenta. El pasado judío y los insultos que durante tanto tiempo se han hecho contra los judíos, vuelve a preguntarse Forrester, ¿es percibido de igual manera ahora por los israelíes y otros judíos naturales de otros países ante las críticas relacionadas con la política de los gobiernos sionistas? O bien, ¿ese pasado y esos insultos son un medio para no responder a esas críticas?  

Pareciese que el sentir popular ante la situación Israelí-Palestina fuera por un lado y el sentir de las directrices políticas por otro. Como dice Ilán Pappé, hay una gran brecha entre la forma en que las élites políticas y económicas del norte global entienden el conflicto y entre las formas en que lo entienden sus sociedades o electorados.  

Las primeras siguen viendo a Israel como una suerte de activo y no se atreven a cambiar su narrativa ni su actitud ante las políticas sionistas contra los palestinos. Políticas que se ven respaldadas por el AIPAC (American Israel Public Affairs Committe / Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel), un grupo de presión cuyo objetivo es mantener el apoyo de Estados Unidos al Estado judío. Es el principal lobby sionista y uno de los más poderosos del país para fortalecer las relaciones entre ambos países, mantener la ayuda en materia de seguridad, fomentar las relaciones de Israel con países vecinos, aumentar la presión económica y diplomática de Estados Unidos sobre Irán, y combatir a las organizaciones islamistas contra la deslegitimación internacional del Estado de Israel.  

Las segundas creen cada vez con mayor frecuencia que estas políticas son erróneas. No creen que los Palestinos e Israelíes tengan el mismo grado de responsabilidad en el conflicto y que necesiten a un país externo que les ayude a mantener un diálogo. Entienden que no hay un conflicto entre dos movimientos nacionales, sino un proyecto de colonización que comenzó a fines del siglo XIX y continúa hoy en el siglo XXI, y hay un movimiento anticolonial que trata de descolonizar el país. La primera cuestión para Pappé es entender esta brecha que enfrenta a políticos, academia y medios de comunicación, con los grupos ciudadanos de solidaridad palestina, pues son dos perspectivas completamente distintas. El objetivo que se pretende alcanzar es que las élites políticas acepten el cambio que propone la sociedad civil para ir cerrando estas grandes distancias, un hecho, sin embargo, que no está sucediendo.  

Liliana Córdova, de la Red Judía Antisionista Internacional, habla de las contradicciones   del proyecto sionista que ya, desde hace algún tiempo, están aflorando, pero que ahora, más que nunca, se están haciendo más evidentes, pues ya no se trata de “algunos crímenes”, sino de un genocidio. Los propios judíos israelíes están abriendo los ojos. Sobre la base de la clasificación que hace Pappé, Córdova distingue tres bloques o facciones dentro de la sociedad israelí. Existe un Proyecto Israel, compuesto de “mesiánicos” que no desean poner límites a sus actuaciones y pretenden crear unas condiciones caóticas para cumplir con sus predicciones fanáticas de acabar con los palestinos y crear colonias y sinagogas en Gaza; y un Proyecto Judea, compuesto por “autoritarios pragmáticos” tratando de buscar una guerra con el Líbano e Irán. Estas dos facciones están en pugna. La ideología de Netanyahu no es mesiánica, pero se alía con ella porque cree que lo va a mantener en el poder.  

Y, luego, una tercera, compuesta de un minúsculo grupo de israelíes (un 0´08% de la población judía israelí) que promulga la paz, en el sentido de abandonar los territorios ocupados por Israel en 1967, hacer un canje justo con Hamas en Gaza y negociar con los palestinos. Estas rupturas dentro de la sociedad israelí hacen pensar que tal y como actualmente se desenvuelve, las bases del proyecto sionista no tienen futuro, más si pensamos en las bajas producidas en el ejército israelí, que siempre hacen mella en la mentalidad patria, y si pensamos que la gran mayoría de los sionistas en el mundo no son judíos, sino evangélicos protestantes que apoyan política y financieramente al proyecto sionista más colonizador y agresivo. Quién sabe, quizá sea este el comienzo del fin del sionismo.

Protestas pidiendo la renuncia de Netanyahu y la llamada a nuevas elecciones, en Tel Aviv. (Tomado de https://www.lemonde.fr/en/international/article/2024/03/06/israeli-left-seeks-an-alternative-to-war_6592369_4.html)

La creación del Estado Israelí fue un proyecto colonial europeo que legitimó la socialdemocracia internacional. La solución, como se ha dicho, pasa por poner fin a la colonización, por el desmantelamiento de las estructuras coloniales y por el establecimiento de un Estado laico y democrático en Palestina con igualdad para todos sus habitantes, no por un Estado supremacista etnoreligioso como lo fue Sudáfrica. Parece que lo verdaderamente antisemita es defender la idea de que los judíos vivan en un país aparte. Los judíos son víctimas del sionismo porque no se pensó ni se piensa suficientemente que usurpan la tierra de los palestinos; estos se siguen levantando en combate y los colonos siguen padeciendo esta interminable situación. La esperanza puede venir de cambiar, en la consideración de Pappé, el término “paz” por el de “descolonización” y crear un Estado democrático único en Palestina que reciba a todos los refugiados palestinos.  

A ojos de los judíos, Palestina parece ser considerada como una tierra de la que siempre ha parecido que Israel quiere disociarse, como si temiera cualquier confusión posible entre su pueblo y los nativos con los que este pueblo iba, no obstante, a compartir el mismo aire, y los mismos paisajes. La reconciliación entre una sociedad colonizadora y un pueblo colonizado, será un proceso posiblemente complejo y doloroso, pero tal vez el único para evitar un nuevo y enorme derramamiento de sangre. En cualquier caso, tal y como ahora se está desenvolviendo el conflicto, la iniciativa para encontrar posibles soluciones no parece que pueda proceder del mundo judío, sino del palestino. Palestina entonces tendrá que cambiar las dinámicas nacionales e internacionales para comenzar a mirar la situación de otras maneras.