Facultad de Humanidades

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La salud mental y una nueva ciencia del hombre

Empobrecerse el hombre para enriquecer el objeto que él crea: esta es la esencia de la enajenación

Erich Fromm

El que no pierde la razón por ciertas cosas es que no tiene razón alguna que perder

Gotthold Ephraim Lessing

Nos estamos habituando a escuchar frecuentemente, en el ámbito sanitario y hasta en el doméstico y el informativo de los medios de comunicación, asuntos relacionados con la salud mental. El narcisismo, la egolatría, la ansiedad, la depresión, la esquizofrenia, el suicidio, la megalomanía, el homicidio; los problemas mentales son comunes y como trastornos emocionales son diagnosticados cada vez con mayor frecuencia en algún momento de nuestras vidas, afectan las capacidades de relacionarse con los demás y funcionan diariamente.

Pero los problemas de la salud mental en el mundo moderno vienen de antes y a ellos se dedicó Erich Fromm. El volumen titulado La patología de la normalidad (2024) reúne lecciones, conferencias y artículos escritos por él en distintos y dispersos momentos de las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX. Su primera parte (“Patología de la normalidad del hombre actual”, 1953) define el concepto de salud mental, analiza aspectos como el del “sentido” en la cultura y la enajenación como enfermedad del hombre en la sociedad. Se trata de la mentalidad del hombre moderno que comienza a desarrollarse después del periodo de las guerras mundiales y cuyos problemas de salud psíquica vienen agudizándose hasta nuestros días.

Serán, fundamentalmente, los escritos que componen esta primera parte, más el escrito de la tercera (“La ciencia humanista del hombre”, 1957), los que nos sirvan ahora para orientarnos en algo que es sentido con intensidad en nuestra actual vida cotidiana: la incapacidad de las personas para relacionarse por sí mismas con la realidad.

Las estadísticas referentes a los gastos mundiales en asistencia psiquiátrica son alarmantes incluso en los países más acomodados en su vida burguesa y seguridad económica. Si la salud mental es la adopción de los hombres a las formas de vida de una concreta sociedad, las estadísticas demuestran la imposibilidad de esa adopción. Dentro de un consenso socialmente establecido, podríamos decir que esta definición es objetiva y damos por entendido que toda sociedad es normal, que el enfermo mental es quien se desvía de una personalidad favorecida por la sociedad y que la psiquiatría tiene el objetivo de adaptar al individuo al nivel de un hombre medio que no perturbe el tejido social; adaptar al individuo a unas instituciones (culturales, educativas, religiosas, políticas, administrativas) que forman un tipo de personalidad que quiera hacer lo que debe hacer.

Tenemos lo suficiente para comer, beber, dormir y contar con seguridad ciudadana; la vida no representa ningún problema especial y es justo entonces cuando comienza el problema de encontrar solución a la existencia ante su limitación, la necesidad de poder dar sentido a la vida utilizando nuestros empeños en ocupaciones distintas a lo que nos mantiene vivos. Es de esta necesidad, precisamente, de donde procede la búsqueda de asistencia psiquiátrica, la búsqueda de un sistema de orientación como la religión o la búsqueda de algo a lo que adherirnos. Con frecuencia, los más exigentes en la búsqueda de sentido padecen neurosis y psicosis, es decir, crean su propia religión profética. Siempre cabría así, claro, la duda sobre las definiciones que podemos dar a la “cordura” y la “locura”, pues cuando el punto de vista de nuestra particular forma de pensar no coincide con la considerada normal, se nos puede calificar de locos o neuróticos.

Nos ha invadido el ideal de la pereza total, lo mejor será que un día no tengamos que hacer nada, el consumo o el placer de ganar dinero se ha convertido en un fin en sí mismo, hay una reducción general de la intensidad de sentimiento, cercana a la depresión, salvo para quien se deleita con el facilismo de la ganancia material, y mejor si esta llega sin mover un dedo. Formamos, como docentes, personas sin valentía, con miedo a ser libres, orientadas hacia el objetivo del conformismo. Física, mental y espiritualmente nos sentimos inseguros y proyectamos inseguridad en los demás. Intercambiamos palabras sin compartir realidades, lo hacemos solo para ocultar el vacío de la comunicación y la falta de estímulos afectivos. Posiblemente, el fin de nuestro desarrollo psíquico sea el de ser capaces de soportar esta inseguridad, no solo la de ahora, la política y social de nuestros agitados y beligerantes días, también la inseguridad de las maneras en que nos relacionamos.

La arrogancia, la insensatez, la soberbia, el abandono de la razón, son manifestaciones de la incapacidad del hombre de relacionarse por sí mismo con su realidad y la realidad de sus semejantes. Manifestaciones de la imposibilidad de ser objetivos o humildes para ver el mundo tal como es, o de vernos tal como somos, sin que ideas o intenciones así desfiguren la realidad. Somos incapaces, en definitiva, de relacionarnos con el estado de ánimo que asiste hoy en día a la sociedad.

El problema más grave de la salud mental es el de la propia enajenación o la enajenación de nosotros mismos, de nuestro mundo interior y exterior: somos unos extraños para nuestra propia conciencia y el mundo exterior nos es ajeno. Hemos perdido el contacto con todas las realidades (sentimientos, personas, naturaleza) excepto con una, la realidad de la industria, el negocio y la rutina social, es decir, la realidad que nos pone a punta de caramelo al adulador, el lambón, quien trata de quedar bien con todo el mundo, el servil, lisonjero y zalamero, que no falta en las instituciones públicas.

Nos relacionamos con todo lo que “produzca” o nos dé beneficios materiales, pero no con las realidades esenciales de nuestra existencia humana, a las que tenemos miedo incluso ya en los medios artísticos, donde la banalidad opera como sentido común. Uno encuentra tatuajes en el cuerpo que dicen “Love”, que dicen “Te quiero” y, realmente, no significan que quienes los posean estén ofreciendo amor o sean queridos; significan, más bien, una necesidad de ello. Nos relacionamos con las cosas por su forma de ser producidas y funcionar en nuestra economía, las experimentamos en abstracto y solo por su valor de cambio y no de uso.

Estamos relacionados con una abstracción, no con el amor, el odio, el miedo, la duda, la amistad. Es decir, no estamos en contacto con nada ni con nadie, vivimos en un vacío que llenamos con palabras, con estadísticas, con rutinas. Y es precisamente este estado de abstracción el que tiene terribles consecuencias para la salud mental. Tal vez por ello, con el optimismo, la claridad y el empleo de una terminología propia de nuestra cotidianidad con que se expresa Erich Fromm, la alegría, la vivacidad y la felicidad dependan de cuánto contacto tengamos con la realidad de nuestros sentimientos y la realidad de nuestros semejantes, sin entender a estos como abstracciones que podamos considerar de la misma manera que a los objetos del mercado.

Fromm responde a la pregunta de qué es realmente bueno para la salud mental y qué hace enfermar al hombre. Lo bueno para que el actual régimen económico funcione resulta ser nocivo para conservar la salud mental del hombre. Lo que nos conduce al éxito social atenta contra el bienestar emocional y, por ello, lo normal es sospechoso de ser la manifestación de una evolución enfermiza. Desarrolla un concepto clínico de la enajenación y expone sus fenómenos y consecuencias. Llama “patología de la normalidad” a eso que ya no se ve como algo anormal, es decir, a la anulación y la depreciación del individuo y su dependencia del mercado.

Hacemos depender nuestra vida de un sentido de seguridad psíquica y, ciertamente, nuestro futuro depende de que la conciencia de la crisis actual pueda motivar a los Estados y a los hombres más capaces a ponerse al servicio de la humanidad, de una ciencia del hombre que vuelva a hacer de este el núcleo de su interés. Una ciencia que se ocupe de recuperar al hombre, de ciertos intereses, esencialmente los que han interesado a la tradición religiosa y filosófica humanística: la idea de la dignidad del hombre y de sus capacidades expansivas de amor y razón; y una ciencia que se base en nuestra situación histórica: la quiebra del sistema tradicional de valores, el incremento desenfrenado y desorganizado de la actividad puramente intelectual y técnica (sin verdadero fundamento humano) y la consiguiente necesidad de encontrar un centro racional para establecer y mantener los valores de ese histórico Humanismo.

Algunas cuestiones lo impiden: la pérdida de un concepto del hombre como un ser determinado, no solo biológica, sino también psicológicamente, no como un soporte sobre el cual cada cultura escribe su propio texto, y la dificultad de demostrar la objetividad de los valores humanos. Pero los objetivos deben mantenerse y el estudio del hombre debe ser impulsado y dirigido por los problemas en que la historia actual se encuentra, problemas que ella misma produce e incomodan a la salud mental.

Para ello Erich Fromm propone algunos frentes de estudio. El estudio de métodos adecuados a la ciencia del hombre, del concepto del hombre y de la naturaleza humana, de sus valores como fundamento de la misma esencia del hombre, de su destructividad y anulación de los otros, de su creatividad, de la autoridad, de los supuestos psicológicos del orden democrático, del estudio de la enseñanza como sistema que pueda pasar de lo puramente intelectual al terreno de la experiencia significativa y del estudio de la historia como evolución del hombre.

Salvemos así a las palabras, a los discursos, de su vanidad, endureciéndolas con la verdad, salvándolas de la vacuidad académica. Así es, como diría María Zambrano, tras de lo que corre, aun sin saberlo, quien de veras escribe.

 

Alfonso Rubio

Departamento de Historia

Facultad de Humanidades

Universidad del Valle

En La terraza del ingenio

Cali, 14 de diciembre de 2024