
Alfonso RubioDepartamento de HistoriaFacultad de HumanidadesUniversidad del Valle
El lunes 27 de enero de 2025 se conmemoró el 80 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz (Polonia). Seguramente habrá muchas otras fechas que siempre estarán recordándonos momentos trágicos de la historia y momentos del exterminio del “nazismo”, un término asociado hoy en día a la ultraderecha, en la que se incluye al “neofascismo” o al “neonazismo”, ideologías que revelan marcas xenófobas, racistas, homófobas, teocráticas o reaccionarias y suelen conducir a violencias políticas que amenazan contra grupos de supuesta inferioridad y hasta contra la propia institucionalidad. Momentos de “unos hechos tan reales que, en comparación con ellos, nada es igual de verdadero; una realidad tal que excede necesariamente sus elementos factuales”. Esta es la aporía de los campos de concentración nazis, esta es la aporía, dice Agamben refiriéndose a Auschwitz, “del conocimiento histórico: la no coincidencia entre hechos y verdad, entre comprobación y comprensión”.
Este 27 de enero del presente 2025 nos lleva a recordar otro campo de concentración, el de Mauthausen (Austria), del que hablamos en el ensayo titulado “Los archivos del mal: ¿un discurso sin autor? Ildefonso Nalda Nájera en el Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen”. A partir del significado de “archivo” que encontramos en la Arqueología del saber (1969), de Michel Foucault, y las interpretaciones que de él hace Giorgio Agamben en Lo que queda de Auschwitz (2005), exponíamos algunas consideraciones sobre el concepto de autor en los que denominamos “archivos del mal”, refiriéndonos con esta expresión a los conjuntos documentales producto de situaciones o regímenes propicios a crear escenarios de violencia disímiles.
Estos archivos que, generalmente, se originaron en el ejercicio de unas funciones institucionales, forman parte hoy día de los fondos llamados comúnmente “centros de memoria histórica” y son necesarios para poner en marcha el ejercicio de los derechos democráticos. La biografía del español Ildefonso Nalda Nájera, un perseguido del régimen franquista que murió en el Campo de Concentración de Mauthausen y el Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen (Archivo del Lugar de la Memoria del Campo de Concentración de Mauthausen), con sede en Viena, y que ahora custodia documentos y objetos relacionados con este campo de concentración, constituyeron el modelo que guio el contenido del ensayo. 1
Después de más de medio siglo de conflicto en Colombia, a inicios del año 2014, comenzó a hablarse de la llegada de la “era posconflicto” como un deseo cercano a convertirse en realidad. El prolongado y sangriento enfrentamiento armado entre el Estado colombiano y uno de los más viejos movimientos guerrilleros del mundo ha producido innumerables hechos violentos: matanzas, desapariciones, desplazamientos forzados de población civil, secuestros, magnicidios, paramilitares, extorsiones y usurpación de tierras. Salir de la estructura mental que tales hechos han ido forjando en la sociedad colombiana, sustentada fundamentalmente por dos grandes pilares –la desconfianza y la anulación del otro–, exige recorrer, con toda seguridad, un largo camino donde una gobernabilidad responsable pueda reconstruir la radiografía de un conflicto que se ha entendido a retazos y en el cual muchos de sus protagonistas, víctimas y victimarios, todavía permanecen hoy en la sombra.
Como en otros países que han padecido regímenes propicios a crear escenarios de violencia disímiles 2, los archivos documentales colombianos, cualquiera que sea su rango institucional o su adscripción pública o privada, o lo que haya quedado de ellos desde que en el año 2016 se pusiera fin al conflicto, se han convertido en una pieza clave para posibilitar la reconstrucción histórica de los hechos. También en un elemento importante para la justa “reparación de daños” que, a instancias de un signo político u otro, de una asociación u otra, implica un deber ético.
En países suramericanos como los mencionados, las prácticas de la memoria tienen un acento claramente político y se ven afectadas, incluso originadas, por la cobertura mediática internacional, obsesionada por la memoria y su exhibición virtual. Pero, tal vez, las prácticas nacionales de estos países, que todavía no han podido escapar de los efectos de la violencia política, estén representando, como nos dijo Andreas Huyssen (En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización, 2002), una oposición a los efectos de la globalización de la navegación en red, que niega el tiempo y el espacio. Desde una eterna inestabilidad política y económica, en estos países el tiempo de la historia no encuentra un futuro similar al de otras actuales democracias, como si la memoria del pasado estuviera activa; mejor dicho, como si el pasado estuviera vivo en familias, regiones y hasta en partidos políticos.
En el ensayo mencionado, comenzamos refiriéndonos a Colombia porque hablábamos desde este país, en el que actualmente nos encontramos. En él, no sin dificultades, siguen consolidándose los acuerdos de paz y el dinamismo que quiere darse tanto al Centro Nacional de Memoria Histórica como a otras instituciones similares que conservan documentación directamente relacionada con el conflicto armado colombiano. Sin embargo, como decimos, archivos o centros documentales semejantes se encuentran en muchos otros países. Particularmente, tomamos el ejemplo del Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen para pensar en sus fondos documentales como un sistema de relaciones interno que, en sus orígenes, obedeció a la voluntad creadora del régimen burocrático nazi. Y de dicho ensayo, ahora que nos da la oportunidad la conmemoración de los ochenta años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, presentamos aquí, en esta ocasión, un breve resumen.
Como categorías de percepción histórica, tiempo y espacio están inevitablemente ligados a múltiples interpretaciones y ello lo demuestra la cantidad de discursos de la memoria que en el presente se suceden en todos los continentes, rasgo característico de la cultura contemporánea. La recurrencia de las políticas genocidas en Ruanda, Bosnia y Kosovo en la década de 1990 y, con más razón, el genocidio que Israel comenzó a llevar a cabo en Palestina, a raíz del atentado perpetrado por Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica) desde el 7 de octubre de 2023, están haciendo resurgir el Holocausto como un, según Huyssen, “tropos universal”. Tal circunstancia permite que su memoria se traslade a situaciones locales (historias de naciones o estados específicos) alejadas histórica y políticamente respecto del acontecimiento original. En el movimiento colombiano de los discursos de la memoria, así como en el de otros países latinoamericanos, el Holocausto pierde sus características de acontecimiento histórico concreto y comienza a funcionar como metáfora de otras historias traumáticas que reclaman su relato específico.
Estos son discursos de la memoria basados, fundamentalmente, en testimonios orales de presencias todavía vivas, en el papel del museo como conservador del recuerdo y en testimonios documentales de distintos archivos. Archivos que, utilizando una terminología procedente de la conocida expresión de Hannah Arendt, la “banalidad del mal” (Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, 1963) hemos llamado “archivos del mal”; es decir, archivos no deseados en el imaginario de un “bienestar universal” que, sin embargo, tienen origen en todo tiempo y lugar y van creciendo. Lo hacen, al parecer (pensemos en los enfrentamientos interminables del Oriente Próximo y África, y en las recientes confrontaciones entre Rusia y Ucrania o Palestina e Israel), cada vez con mayores impulsos, como si uno de sus principios, el de la génesis documental, estuviese ligado a la autoría de una inevitable fatalidad.
Desde la década de 1980, en las sociedades occidentales surgió como fenómeno cultural y político el asunto de la “memoria”, un mirar al pasado que contrastaba con la tendencia de principios del siglo XX de privilegiar la modernidad que depararía el futuro. El papel del archivo/museo como lugar de conservación y de visita de la alta cultura, dio paso al archivo/museo como medio de masas, como marco de puesta en escena que abría a la sensibilidad del público experiencias de posible cotidianidad cultural.
Durante el año 2005, en Guatemala, una explosión descubre el archivo que la Policía Nacional había mantenido en secreto desde los años cuarenta del siglo XX. En él se encuentran las fichas de más de 200.000 guatemaltecos espiados, torturados y asesinados por sus creencias políticas. El archivo pone de manifiesto no solo la confirmación de que tras todos los asesinatos se encontraba el Gobierno y los “escuadrones de la muerte” o los “ojo por ojo” (grupos paramilitares de extrema derecha), sino también la trama colaboracionista que posibilitó llevar a cabo el golpe de Estado de 1954. Como una paradoja extraída de Primo Levi (“El hombre es aquel que puede sobrevivir al hombre”), el archivo también pone de manifiesto que los hombres son y seguirán siendo un peligro para su propia especie.
Los archivos que un día formaron parte del “exterminio”, de la “violencia”, y que pudieron rescatarse forman hoy en día o constituyen parte de los fondos documentales de los llamados generalmente “centros de la memoria histórica”. En ellos también importa el “quién”, qué se registra en el archivo, qué se deja afuera, qué se prohíbe ver. A la manera del biógrafo, según Leonor Arfuch (Crítica cultural entre política y poética, 2008), “quien construye un archivo para salvaguardar la memoria (para una posteridad) lo hace a menudo en ese movimiento especular, de admiración e identificación, en que un yo se desdobla en otro sin alinear por ello su propia voz”. La “aparición con vida” de fotografías, entrevistas, relatos y objetos de las madres de mayo en Argentina representa hoy la “restitución de las genealogías” y el descubrimiento de la “violencia del archivo”: listas ocultas de desaparecidos, documentos textuales, pruebas, identificaciones, rastros biográficos que finalmente afloran hacia la construcción de un relato del “nunca más”.
Es notable hoy en día el aumento de la restauración historicista de viejos centros urbanos; paisajes, edificios y hasta pueblos enteros convertidos en museos; la voyerización y el comercio de la nostalgia, las videograbaciones de visualización virtual que funcionan como escaparate de archivos, museos y centros de la memoria; la escritura de memorias y confesiones; el auge de la autobiografía y de la novela histórica; prácticas de la memoria en artes visuales que suelen centrarse en la fotografía; los documentales históricos; la literatura psicoanalítica sobre el trauma; los aniversarios, y las conmemoraciones y monumentos.
La acumulación irregular que consigue la memoria a base de multitud de escenas y momentos, con su correlato obligado de olvidos, silencios, represiones, tiene su correspondencia en el archivo. Aquí, los rostros son frecuentemente fragmentarios y solo significan en relación a la totalidad de la continuidad discursiva de la que hablamos, inalcanzable en las dimensiones espaciales y temporales del archivo, cuya narrativa se caracteriza por su tensión hacia el futuro, por su deseo de presencia y conservación.

Los cuerpos de la vida se han perdido difuminados entre el pasado y el futuro, pero el archivo sigue caminando y sus fantasmas también. Así como el documento en su origen cumplía su función, deben dirigirse al cumplimiento de una función reparadora. El interés de los archivos de la seguridad de Estado de los desaparecidos regímenes represivos queda reflejado en el estudio elaborado por un grupo de trabajo del Consejo Internacional de Archivos en los años 1995 y 1996. Dicho informe abarca el periodo de 1974 a 1994 y analiza la situación de los archivos de la represión en países muy diferentes, pero que tienen el componente común de haber sufrido durante largo tiempo la opresión de un Estado totalitario de derechas o de izquierdas. Es el caso de España, Grecia, Portugal, países de América Latina (Argentina, Paraguay, Chile, Brasil), Zimbabwe, Suráfrica y los países de Europa central y del este. El informe reafirma el interés de su conservación no solo para reconstruir un pasado reciente, sino, sobre todo, como lo viene haciendo el Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen, para poner en funcionamiento el ejercicio de los derechos democráticos, entre ellos, la amnistía para los delitos de opinión o reparación a las víctimas de la represión o a sus familias.
La desaparición de los documentos, muchas veces, impide avanzar en la búsqueda de responsabilidades políticas y en la clarificación de los crímenes de Estado. El mismo informe, así lo hacen saber Alberch Fugueras y Cruz Mundet (¡Archívese! Los documentos del poder. El poder de los documentos, 1999) describe, en este sentido, los casos de Grecia, de la DINA –Dirección de Inteligencia Nacional– en el régimen de Pinochet y de Suráfrica, donde desaparecieron los documentos de su policía secreta, la NIA –siglas en inglés de Agencia Nacional de Inteligencia–. La falta de testimonios documentales en algunos casos ha hecho necesaria una reconstrucción de la represión a partir de testimonios personales. La llamada Comisión para la Verdad y la Reconciliación fue en Chile la encargada de esta reconstrucción. Los archivos del Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania (más conocido por la abreviatura alemana Stasi), por el contrario, se conservaron casi en su totalidad y han permitido la depuración de responsabilidades.
Los discursos de la memoria, aunque enmarcados en una inercia global, siguen casos de países concretos que luchan por crear sistemas políticos de verdadera democracia como consecuencia de historias signadas por la violencia. Lo que estos discursos ponen en juego son asuntos como los genocidios, las limpiezas étnicas, las migraciones, los derechos de las minorías, la victimización o la imputación de responsabilidades.
Tal vez, las políticas públicas mediáticas hagan comprensible que la obsesión por la memoria obedezca al temor por el olvido, articulado este último a los crímenes y desapariciones en Colombia. El miedo al olvido o a la repetición del mal se enfrenta al riesgo de una excesiva comercialización cultural de la memoria, que corre pareja al riesgo de que olvidemos la esencia histórica de los acontecimientos y nos diluyamos en la transitoriedad que imponen las políticas incompletas, las modas globales por la memoria o la influencia de los nuevos medios como vehículos que parecen atrapar toda forma de recuerdo y, además, no transportan la memoria, que es de todos, con inocencia.
El archivista, como el autor de una biografía o una autobiografía, debe construir una puesta en marcha y unas categorías clasificatorias que concedan orden a la memoria escrita como una narración que solo adquiere sentido en el conjunto de un sistema de relaciones. La claridad de saber sobre un hecho, una impresión, un recuerdo, como saber de un documento aislado o un conjunto de documentos que ya de por sí mantienen una específica relación en el expediente que forman, depende de la trama que el archivista, como el narrador, debe construir a base de una exposición conceptual de sus contenidos.
El archivo y la biografía son recurrentes en el mundo contemporáneo. Archivos secretos que se descubren o aparecen a la luz pública, por prescripción de plazos legales, por decisión política o por lógica mediática, potencian la posibilidad de la reconstrucción biográfica con relatos, registros institucionales y diversos artefactos. Es el caso de los documentos del Stasi de la Alemania del Este; de los de la Dirección de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires –Dipba-, en la capital argentina, o de los de Colombia, conservados en el Centro de la Memoria Histórica en Bogotá. Archivos del mal, así llamados por sus orígenes creadores, que, bajo unas funciones similares a las del museo o del memorial, como el Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen, sirven para cumplir funciones donde la memoria, que puede hacerse visible de muy variadas formas, debe actuar como eje de compromiso social.
Según Huyssen, en contra de algunas conocidas consideraciones que hablan de “museizar” como lo contrario de conservar, como un acto televisivo de congelar, esterilizar, deshistorizar y descontextualizar, la museización o el archivo del Holocausto no simula lo real ni contribuye con ello a su agonía. El contenido del Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen, como el contenido del Centro de la Memoria Histórica de Colombia, posee unas connotaciones de tragedia que transmiten y seguirán moviendo sensibilidades de compromiso en el presente. El museo y el archivo no pueden neutralizar temores y angustias sobre la actualidad, pero la seducción de sus objetos y de sus documentos (reliquias del pasado) son presentados en una continua actualización cuyas interpretaciones nunca quedan del todo aisladas de cierta pureza u originalidad que desprenden los objetos/documentos. Ellos ubican siempre al espectador en la intensidad del presente, y la mirada (siempre viva) no juzga ya un pasado muerto u osificado.
Nuestro presente, con el ascenso global de la ultraderecha o los fascismos europeos, puede ser contrastado con la puesta en escena del museo-archivo o el archivo-museo en una sociedad en la que la actividad cultural funciona como una agencia de socialización comparable pero también enfrentable al devenir de una nación, a las políticas de sus Estados. Lo real no puede olvidarse y la materialidad de lo real constituye el soporte de un aura que trasciende el tiempo de una memoria llena de experiencias que estuvieron fuera de lo común.
1. “Los archivos del mal: ¿un discurso sin autor? Ildefonso Nalda Nájera en el Archiv der KZ-Gedenkstätte Mauthausen”. Información, cultura y sociedad, n° 41, 2019, p. 57-80. Más ampliado, este mismo ensayo podrá leerse en el libro titulado Escrituras y tramas del archivo, que publicará la Universidad del Cauca en este mismo año de 2025.
2. Pensemos en los casos de Alemania y Austria después de la Segunda Guerra Mundial; el de España después de la dictadura franquista; los de Sudáfrica, Grecia y Portugal, y los de los países de América Latina como Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Guatemala o El Salvador.


